Llevo dos horas sin ser fumador y lo estoy llevando bastante bien, sé que puede parecer ridículo pero es así, podría llevarlo muy mal a estas alturas, lo sé por experiencia.
A partir de ahora tengo que concentrarme en prever, en la medida de lo posible, aquellos momentos que sé que van a ser mas complicados. Sin ir mas lejos, el miércoles veré un partido de fútbol en el bar que hay debajo de mi casa, se trata de dos horas de permanencia en un establecimiento, rodeado de fumadores, bebiendo cerveza (que es un factor que predispone) y soportando los nervios del partido, que, a buen seguro van a ser muchos, en fin, lo que se dice una auténtica prueba de fuego.
No pienso eludirla, y como para chulo yo, mi objetivo para ese rato es mucho más ambicioso que conseguir pasarlo sin fumar, quiero que sea un rato agradable y no pasar una tortura al estar condicionado todo el rato por el hecho de que ya no fumo.
Hasta mañana.
Aquí estoy, 24 horas mas tarde, la verdad es que no puedo quejarme a pesar de que algunos momentos de debilidad he tenido, pero han sido pocos y no muy intensos. El primero de ellos ha tenido lugar a la hora del desayuno, algo totalmente previsible, creo que ha sido el peor de todos, contabilizaría otro después de comer, otro a media tarde cuando he estado con mi hijo en el parque rodeado por otros padres fumadores que ejercían (de padres y de fumadores), y otro más tras la cena.
Es lógico pensar que los momentos en los que he tenido deseo de fumar son exactamente aquellos en los que en mi anterior vida de fumador la ingesta de humo era algo ineludible.
No me va tan mal, además no he tenido molestia estomacal alguna derivada de las pastillas, imagino que sería un golpe (digo yo que superable) el tener que suspender el tratamiento para empezar con otra cosa ahora que he depositado tantas esperanzas en éste.
Creo sinceramente que las pastillas me están ayudando; en el aspecto físico noto que tengo menor apetencia por el tabaco, me resulta un poco difícil relacionar la palabra tabaco con la palabra apetencia, ya que en realidad, un escasísimo porcentaje de los cigarrillos que me fumaba me apetecían, tampoco me gustaban, ni me relajaban, ni me producían satisfacción alguna, quizás la palabra más apropiada para este caso sea compulsividad. Es como si me crease yo solito un hueco y, acto seguido, me impusiese la obligación de llenarlo, o sea, me creo un problema y la solución que obligatoriamente tengo que darle es otro problema añadido.
En lo que respecta al aspecto psicológico, las pastillas ejercen sobre mí, también, una influencia positiva, resulta que he ido a la unidad anti-tabaco, me he reunido con la psicóloga de dicha unidad, he tenido que ir luego a la consulta de mi médico de cabecera a que me suministrase el fármaco, he tenido que planificar cuidadosamente el paso de ser fumador a no serlo en función del tratamiento exacto que la toma de las pastillas conlleva, he pasado por dolores gástricos que en alguna ocasión han sido muy fuertes, …, me queda la sensación de que no hay otra que tirar para adelante o hacer el gilipollas. Por explicarlo de una manera más gráfica, todo lo que he hecho en este intento, que no había hecho en otros, ha sido un poco como el gesto que hacían algunos de los conquistadores españoles cuando llegaban a las inexploradas tierras americanas al destruir sus barcos.
Ese gesto, plasmado en la actualidad en la expresión “quemar las naves”, es un compromiso serio e inequívoco de que no hay lugar para volver atrás, un gesto para dejarse claro a uno mismo que la decisión tomada tiene que estar siempre por encima de aquellos momentos de debilidad que, a buen seguro, van a terminar apareciendo en el horizonte.
Tengo que tener mucho cuidado con la sensación de euforia que produce la victoria asumiendo en todo momento que las victorias obtenidas hasta ahora son únicamente batallas ganadas, pero que una sola batalla perdida supondría la derrota total en la guerra, bajo este punto de vista es un poco injusta la contienda.
Es vital no bajar la guardia.
Las múltiples ocasiones en las que he intentado dejar este vicio han de servirme de experiencia para no volver a caer en los mismos errores aunque, siendo realista y crudo, en esencia el error común a todos mis intentos ha sido uno: el autoengañarme con la idea de que por fumarme un cigarrillo no pasa nada por que está todo controlado.
¡Que sencillo parece!, con no hacerlo otra vez ya tengo la batalla ganada.
Y es que cuando hablo de autoengañarme lo hago por que, en el fondo de mi corazón y de mi cerebro, sabía que tras ese único cigarrillo iban a venir todos los demás, es como si tuviese dos cerebros que funcionasen de manera independiente, como si el cerebro “partidario” de volver a fumar convenciese al otro de que “por uno no pasa nada” como si, a su vez, el canelo del cerebro “partidario” de no fumar se dejase engañar a sabiendas de que estaba siendo engañado. Y es que no hay nadie más fácil de convencer que aquel que quiere ser convencido.
El último intento serio que tuve para dejar de fumar (cuyo correspondiente escrito he insertado al principio) tuvo más o menos el siguiente proceso: en un principio lo preparé todo de manera meticulosa, había leído por octava vez (por lo menos) el libro “de dejar de fumar” impregnándome de convencimiento, la fecha: un día pasadas las fiestas de mi ciudad tras el cual, nos íbamos mi mujer, mi hijo y yo a pasar unas reposadas vacaciones en una zona netamente rural.
Todo fue como la seda, sólo el largo viaje, de unos cuatrocientos kilómetros, fue un poco duro, aproveché las vacaciones para salir a correr por las inmediaciones de la aldea donde nos hallábamos alojados consiguiendo en una semana una espectacular mejora en el aspecto físico que me sirvió para reafirmarme en mi decisión. Mejoró mi vitalidad, que es un elemento fundamental cuando se tiene un hijo que ronda los dos años, mi capacidad de concentración, mejoró de manera increíble mi aptitud para saborear comidas, todo me sabía mucho más y mucho mejor, …, mejoró todo.
Había empezado a escribir algo parecido a esto, e incluso le había puesto título: “diario de un ex-fumador”, en fin, volví a Logroño sintiéndome muy fuerte, seguro de que nunca jamás iba a volver a ser como esos pobres desgraciados que renuncian a un montón de cosas fundamentales en sus vidas a cambio de una sensación que ni siquiera resulta agradable.
La reincorporación al trabajo resultó fácil, tras ella, seguí sintiéndome un ex-fumador orgulloso de serlo, la situación idílica se prolongó mas o menos durante unos dos meses hasta que llegó una fecha fatídica en la que yo sabia que tenía una cita que suponía una situación de altísimo riesgo, se trataba de la cena de navidad de empresa.
Barajé en un principio incluso la posibilidad de no ir, sabía que iba a ser una situación muy dificultosa y hoy pienso que mejor no hubiese ido a esa cena, aunque si caí en esa circunstancia ¿quién me dice que no iba a caer en otra situación parecida en otro momento?
El caso es que, sin poder explicar muy bien cómo, me planté en el bar donde habíamos quedado los compañeros con una caja de cinco puritos en el bolsillo. No sé que extraño mecanismo se accionó en mi cerebro que me llevó a concluir que los puritos no son tabaco y que por fumar algo que ni siquiera es tabaco, en ese momento puntual y tan señalado, no pasaba absolutamente nada. Ya me había demostrado a mí mismo la fortaleza que tenía frente a los cigarrillos.
En el fondo sabía que me estaba engañando a mí mismo, pero, de haberlo admitido jamás hubiese comprado esa cajita de puros.
Me fumé los cinco, mas unas caladitas de un par de porros que llegaron a mis manos mas un par de cigarros que me dio algún compañero, cuando llegué a casa, aun estando en ese momento en una situación de notable embriaguez, era plenamente consciente de que mi status de no fumador ya no era tal, se había iniciado de nuevo el proceso, por mí archiconocido, que irremediablemente me terminaría llevando a recuperar los niveles de tabaquismo anteriores. Así fue.
Comenzaba de nuevo todo, otra vez, con algo de perspectiva, me resulta increíble el haber caído de esa manera: en un momento que yo sabía que era de altísimo riesgo y mediante un autoengaño que yo sabía que era un autoengaño por que la enorme experiencia acumulada así me lo demostraba.
En fin, poco más voy a escribir por hoy, sólo quería comentar que el inicio del texto era otro, comencé una semana antes, pero por una torpeza en el manejo de mi ordenador todo lo anterior a lo aquí expuesto se ha volatilizado en el mundo de los bits.
Quizá sea para bien, me veo ahora mucho mas metido en materia que cuando comencé.