Durante todo este escrito, he puesto de relieve, en varias ocasiones, situaciones en las que me he visto tentado por el tabaco, ahora voy a contar una situación diametralmente opuesta, una situación en la que me he sentido totalmente aliviado de ser no-fumador.
Creo que ya he comentado anteriormente que trabajo en un hospital, mi categoría profesional es la de Técnico Especialista en Radiodiagnóstico (T.E.R. para los amigos), y mis funciones son, entre otras muchas, la obtención de las imágenes que posteriormente se usan por el facultativo para el diagnóstico de muchas patologías.
El caso es que estaba trabajando en el turno de noche en la sección del servicio de Diagnóstico por Imagen que da cobertura al servicio de Urgencias cuando llegó una paciente de unos 30-35 años para someterse a un examen absolutamente rutinario.
Como tengo por costumbre y como parte de mi práctica profesional, pregunté a la paciente su nombre, apellidos y por la posibilidad de que pudiese estar embarazada.
Superado este trámite, le di las instrucciones oportunas en cuanto a la ropa y complementos que tenía que quitarse para la satisfactoria realización del estudio que consistía concretamente en dos radiografías ortogonales de la región pulmonar.
A veces, suelo preguntar al paciente acerca del motivo por el que ha acudido a urgencias, lo hago para confirmar que la prueba solicitada concuerda, a grandes rasgos, con la dolencia que la paciente presenta para evitar así la posibilidad de que por un error hubiese que repetir la exploración.
La chica me dijo que simplemente llevaba unos días con fiebre, no muy intensa pero sí continua. En apariencia, un caso de los que se resuelven sin mayor trascendencia en la absoluta mayoría de las ocasiones.
Le hice las dos radiografías solicitadas por el médico y cuando las vi en pantalla, algo me llamó la atención de manera poderosa.
Era algo fuera de lo común, volví a entrar en la sala y le dije a la paciente que se vistiese y la envié de vuelta a las consultas donde sería, de nuevo, atendida por el médico.
Volví a mirar las radiografías en pantalla, poniendo un poco más de atención y comprobé que en ellas había una anormal mancha blanquecina, por mi experiencia de varios años en este trabajo llegué a la conclusión de que esa mancha tenía toda la pinta de poder representar un tumor que por su morfología quizá fuese de carácter maligno.
Llevo unos once años trabajando en esto y creo que he visto de casi todo lo que se puede ver en mi puesto, o por lo menos, he visto muchas cosas, es evidente que, con el tiempo, uno se va endureciendo y se vuelve menos permeable a las emociones.
Pero, a veces, y sin saber muy bien porqué, el escudo que uno ha ido creando a su alrededor con el paso de los años falla.
Supongo que tampoco es lo mismo que tropiece con un paciente de más edad con similar dolencia, o que el paciente haya sido ya diagnosticado y se trate de un control evolutivo, o quizá sea que la sensibilidad de uno varía de unos días a otros.
El caso es que se lo comenté a mi compañera y estuvimos conversando de ello durante un rato; una chica joven (de mi misma edad o la de mi mujer), con toda la existencia por delante, que se puede ver, de repente, avocada a un cambio radical en su modo de vida.
Quizá para verse inmersa desde ya dentro de una espiral de sesiones de quimioterapia y de radioterapia, de consultas oncológicas, de dolor, de sufrimiento por sí misma y por los suyos, para acabar probablemente, tras ese macabro proceso, muriendo algún tiempo después.
Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo e imagino que a mi compañera también.
Ni siquiera sé si esa chica era fumadora o si en algún momento lo había sido, lo que sí sé es que el tabaco es un factor predisponente que aumenta el riesgo de padecer procesos cancerosos y que, si dejando de fumar, puedo disminuir ese riesgo, es mi obligación moral, para conmigo mismo y para con mi familia, hacerlo.
Nadie me impone esta obligación, es netamente autoimpuesta.
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