Ayer estuve en el servicio de prevención de riesgos laborales por un tema que no está en absoluto relacionado con el que nos ocupa. Pasé un rato en una consulta médica y vi algo que me llamó poderosamente la atención, seguro que de haberlo visto durante el transcurso de una etapa en la que mis ganas de dejar de fumar no hubiesen sido tan intensas no me hubiese impactado tanto, o tal vez hubiese esquivado el impacto gracias a mi inteligentísimo cerebro de fumador.
Había encima de la mesa de la consulta un tarro de cristal, calculo que tendría capacidad para acoger un volumen de unos ochocientos mililitros, el contenido del mismo, que ocupaba aproximadamente la mitad era una masa con una apariencia viscosa a medio camino entre sólido y líquido, de color marrón, brillante, tenía hilajos marrones en su superficie, la apariencia era definitivamente repugnante.
En la tapa del tarro se podía leer lo que supuestamente era el nauseabundo contenido del mismo, decía algo así como “Cantidad de nicotina depositada durante un año en los pulmones de un fumador que consume una cajetilla al día”.
Sin pretenderlo de mi boca salió un “que asco”, el médico que estaba conmigo en la consulta me miró y dijo algo confirmando que tenía la misma impresión que yo.
No sé hasta que punto la presentación de la nicotina de esa manera se corresponderá con la realidad, imagino que alguna relación tendrá, el caso es que la impresión que produjo en mí la visión de semejante asquerosidad hubiese sido menor de haber sido yo todavía fumador y mucho menor si no hubiese tenido ganas de dejar el tabaco.
No deja de sorprenderme el funcionamiento del cerebro en general y su funcionamiento concreto ante el tabaco, es como si entre las neuronas del cerebro de un fumador se creasen una especie de cortafuegos que impidiesen que se procesase cierta información, como si se estableciese una especie de filtro, como si el tabaco fuese capaz de protegerse a sí mismo acotando la capacidad del consumidor para poder razonar de manera clara sobre los perjuicios que ocasiona fumar.
El cerebro pone a su propietario de la misma guisa que el avestruz cuando mete la cabeza en el agujero pensando que si no ve el peligro, éste no existe.
No sé si consigo explicarme, es como si un virus que entra en un ordenador lleva consigo un anti-antivirus por que sabe que va a ser atacado.
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