Llegó el día de la media maratón, día desapacible y lluvioso como pocos hay en el año, hasta tal punto que he llamado por teléfono a un amigo que es policía municipal temiéndome que podría suspenderse la prueba. Me ha dicho que no.
Demasiada gente venida, en muchos casos, desde demasiado lejos como para mandarlos a casa por una tormenta.
Por la mañana he llevado a mi hijo Marcos a la piscina a sus clases para aprender a nadar, he comido pasta a la hora prevista y he aguardado con cierto nerviosismo la hora de encaminarme hacia el lugar donde se toma la salida.
Mi mujer, Lucía, y mi hijo han salido a primera hora de la tarde hacia la casa de mi suegra, van a estar viendo la carrera, lo cual me hace mucha ilusión, no que vean la carrera, si no que me vean a mí.
Las dos últimas horas antes de salir de casa se me hacen eternas, no deja de llover apenas en ningún momento, la presencia de agua es un elemento nuevo con el que no contaba y que en ningún caso va a ser beneficioso, sé que todo va a ser más duro todavía de lo que me podía esperar, no importa, ya no hay vuelta atrás.
La ropa que me pongo es la prevista, un pantalón de chándal, una camiseta del club de fútbol de mis amores (CDL) y unas zapatillas específicas de correr.
Los calcetines son también específicos para la carrera, añado mi reloj cronómetro y un pequeño reproductor de mp3 en el que llevo grabada música de Héroes del Silencio.
Respecto a la ropa, tampoco había pensado mucho sobre cual sería la más adecuada, y debí haberlo hecho, nadie de entre el millar aproximado de corredores llevaba un pantalón de chándal como el mío.
Pronto me pude dar cuenta del porqué.
Cuando llegué a las inmediaciones del recorrido había un montón de gente con pinta de haber corrido cuatrocientas carreras como ésta y de estar preparándose para cumplir con el trámite número cuatrocientos uno.
Calentamientos de lo más profesionales, camisetas de clubes de atletismo por doquier, he de reconocer que me sentí un poco cohibido al principio, un poco como si no supiese que hacía yo ahí en medio de atletas tan aparentemente consagrados como los que me rodeaban por todos los lados.
Los nervios, que ya eran intensos, se fueron incrementando en los últimos momentos antes de que se diese la salida.
Por fin me vi corriendo, era una sensación extraña para alguien que suele ir a correr siempre en solitario verse rodeado de tanta gente haciendo lo mismo.
La fina lluvia que caía cuando comenzamos a correr se tornó en una terrible tormenta poco después que no cesó en ningún momento hasta el final de la carrera.
Entonces comencé a notar el peso de las zapatillas al calarse completamente de agua, la verdad es que era un factor muy a tener en cuenta, era mucho más trabajoso dar cada paso.
Lo peor fue cuando comencé a notar el peso de los pantalones que me había puesto cuando se calaron de agua, calculo que eran varios kilos más los que tenía que arrastrar y encima dificultaban la movilidad de mis piernas en gran medida.
Cumplimentando el primer tercio de recorrido oí unas sirenas de coche a mi espalda, un altavoz rogaba a los corredores que se apartasen hacia el lado derecho de la carretera, pasó el coche, acto seguido escuché una secuencia de rápidas pisadas sobre el asfalto mojado.
Era un hombre de raza negra, una altura de metro cincuenta más o menos y unos cuarenta y cinco kilos de peso.
Se trataba del primero de la carrera que ya me había doblado, fue algo increíble, me quedaba casi todo por delante y el moreno ya estaba afrontando el final de la prueba, hasta ese momento nunca había creído en la existencia de Superman.
A pesar del mal tiempo había a lo largo de todo el recorrido gente animando a los corredores, nunca había corrido una prueba así y tengo que decir que resulta gratificante el apoyo de la gente. Puede parecer un tópico pero es cierto que te dan alas.
Cuando yo completaba la segunda vuelta hubo una chica joven que había a un lado de la calzada que soltó un comentario que me hizo gracia; al verme (y pensando seguramente que yo no la oía) dijo a su acompañante y refiriéndose a mí algo así como: “a éste no esperaba yo volver a verlo”.
Seguramente me había visto en la salida y por las pintas que llevaba pensó que yo no iba a durar ni el cantar de un vizcaíno. Quizá yo en su lugar hubiese pensado lo mismo.
Mis pretensiones en cuanto al cronómetro se fueron a la porra con la lluvia y los pantalones, quedaba por delante el objetivo principal que no era otro que completar el recorrido.
Tuve a mi favor los dos empujones morales que supusieron ver a mi mujer y a mi hijo a lo largo del recorrido, la cara que puso Marcos la primera vez que me vio pasar no se me va a olvidar en la vida.
En cualquier caso, en los últimos seis o siete kilómetros me hubiese retirado cien veces como poco, creo que descubrí hasta qué punto soy capaz de sufrir cuando me he empecinado en lograr algo.
Fue algo gratificante por que no hubiese pensado nunca que podría llegar hasta tal límite de aguante, como diría Stallone en la más sangrienta de sus películas “fue un infierno, Dios mío, un infierno”.
El tiempo que tenía previsto para completar el recorrido era de una hora y cuarenta y cinco minutos, al final me fui a dos horas y siete minutos.
Eso sí, llegué con mi sentido del humor intacto, a unos cien metros de meta le dije al corredor que iba al lado mío; ¿qué? ¿esprintamos?, él me miró con cara de pensar, “este tío es tonto” y me dijo a secas “tú haz lo que quieras”; también le entiendo, para chorradas estaba el patio.
El caso es que llegué, si en ese momento llegan a preguntarme si correría el año que viene hubiese dicho que no con rotundidad, pasados unos días tengo que decir que si no pasa nada raro ahí estaré.
Pero para ello es necesario que siga sin fumar…
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