La respuesta a tan peliaguda cuestión es obvia, en cuanto la parte “sensata” de mi cerebro vuelva a recuperar el mando del mismo y se imponga a la parte que me pide fumar, o sea, en el momento en que pueda volver a pensar con claridad, me replantearé todo lo que me ha costado dejar el tabaco.
Cuando uno vuelve a fumar es ese primer cigarrillo el que supone la vuelta a las andadas, parece una perogrullada pero es así, no hay cigarrillo único.
Tras el primero se terminan recuperando íntegramente los niveles de consumo previos al momento en que uno había dejado de fumar.
No nos engañemos; el paquete diario, que venía a ser la medida “Standard” en mi caso, volvía a imponerse más pronto o más tarde, para mi gusto más pronto que tarde.
Eso sí, el proceso de recuperación de niveles nicotínicos podía posponerse con estratagemas del tipo: “bueno, voy a fumar, pero sólo van a ser cuatro míseros cigarritos al día”.
Estas tácticas quedaban convenientemente reafirmadas con una espartana cartilla de racionamiento digna de la más feroz posguerra: “Uno, con el desayuno, dos, a media mañana, tres, después de comer y cuatro, tras la cena”.
Y ya está, fácil ¿no? Es como dejar de fumar sin dejarlo, ¿podría ser mejor? Mantengo los cigarritos que mejor me saben y elimino aquellos que me fumo sin apenas ganas ni disfrute.
El primer fallo de este sofisticado y elaborado plan es que no hay cigarritos que mejor saben; en todo caso son cigarritos que apaciguan niveles de ansiedad tabaquil mayores.
Estoy convencido de que, en realidad, ningún cigarrito sabe bueno.
Lo que realmente fastidia es el hecho de tener que prescindir de ellos, la dificultad que encuentro para llenar ese vacío que deja su ausencia, ese “no saber que hacer” en aquellos momentos en los que, en condiciones normales, me fumaría un cigarro.
De cualquier forma, y mi experiencia así lo demuestra, no tarda en llegar el día en que esos cuatro cigarritos se convierten en cinco; el cerebro trata de dejar claro a su propietario que ese cigarrito de más ha sido un accidente, que la cifra oficial de pitillos a consumir diariamente sigue siendo cuatro.
Pierde la batalla, ¡total, donde caben cuatro caben cinco!, tampoco es tanta la diferencia, ¡qué son cinco cigarros diarios para quien ha fumado veinte!, … bla, bla , bla, …
El nuevo número mágico es cinco (reproduciría una rima fácil que viene al pelo, pero me abstendré de hacerlo), ya tenemos justificados los cuatro de ayer y el que completa el cupo que, en mi caso, le llamaría el cigarrito “itinerante”, es decir, aquel al que no se asigna horario, aquel que se va a encender cuando más convenga, aquel que va a tapar el hueco más gordo que haya cada día entre los cigarritos con horario establecido, ese colchón que va a amortiguar los peores momentos de cada jornada procurándome una vida más cómoda y feliz.
El problema es que ese quinto cigarrito, el cigarrito itinerante no va a tardar en asentarse en un hueco fijo dentro de la mañana.
Llegado el mediodía, volvemos a encontrarnos con el mismo austero plan de racionamiento que cuando el número clave era cuatro, y tenemos por delante toda la tarde y toda la noche.
La solución es sencilla e inmediata a la par que poco ingeniosa, “donde caben cinco caben seis”, “no se hable más, tampoco pasa nada por uno más, además seguro que me planto en esta cifra”.
Rápidamente adopto a ese cigarrillo huérfano que denominaré “itinerante” ya que el quinto de la serie ha encontrado su lugar, aunque no de manera totalmente precisa y, por tanto, ha perdido esa condición.
O quizá ambos cigarrillos han pasado a ser itinerantes, o, para ser mas precisos ambos son “semi-itinerantes”, cada uno tiene su lugar en el día, uno por la mañana y otro por la tarde.
El proceso de vuelta al paquete de veinte cigarrillos sigue así hasta el momento en que uno se sincera consigo mismo y decide que para fumar casi lo mismo que de costumbre sufriendo y con restricciones, mejor fumar lo de siempre con alegría, desparpajo y buen humor.
Dicho y hecho.
El proceso descrito no tiene nunca, o, por lo menos en mi caso nunca lo ha tenido, ningún tipo de retroceso; todo movimiento va en la dirección de incrementar el consumo y, en el mejor de los casos, puede producirse algún intervalo, breve por cierto, de estancamiento.
El principal problema de ese primer cigarro, ese indeseable primer cigarro, es que abre la puerta y da argumentos a esa parte del cerebro del fumador que quiere fumar y que siempre lucha por imponerse a la otra parte sin escatimar medios y usando los trucos más sucios.
Una de las primeras frases que me dijo Cristina, o por lo menos una de las primeras que se me grabó, era algo así como “no hay cerebro más inteligente que el de un fumador”.
Tengo que decir, sin cambiar mucho el significado real de la frase que “no hay cerebro más estúpido que el de un fumador”.
El cerebro del fumador (o parte de él) desarrolla todo tipo de estratagemas con el fin de lograr que su propietario vuelva a fumar, las estratagemas son de todo tipo y las hay, efectivamente, sibilinas, refinadas, inteligentes en definitiva, el problema es que toda esa inteligencia es puesta por parte del cerebro al servicio de un fin que resulta absolutamente inconveniente para el mismo cerebro y para su propietario.
En algunas ocasiones en las que he caído de nuevo en los brazos del tabaco, mi cerebro ha decidido, casi por su cuenta y a las primeras de cambio, que lo mejor para dejar de fumar era tomarse unas vacaciones de no fumar y, en consecuencia, fumarrear todo lo que el cuerpo pida.
Todo ello con la idea de coger fuerzas de nuevo para poder ser capaz otra vez de dejar el tabaco.
Es como si estoy atrapado dentro de un agujero de cuarenta metros de profundidad, trato de salir y cuando llevo escalados veinte metros, resbalo y quedo a diez metros del fondo. En vez de progresar hacia arriba desde esa altura decido soltarme para volver al nivel “menos cuarenta” echando así por tierra todo lo ganado hasta el momento.
No es esa mi manera de actuar en la vida y no entiendo porqué en el tema del tabaco ha de ser distinto a como es en otros aspectos.
¿Qué haré si fumo ese primer cigarrillo?
Pensaré en todo lo que he ganado en cuanto a vitalidad, desarrollo de la creatividad, capacidad física, dinero, imagen, principalmente ante mis hijos (que ya tengo una niña en camino), y sobre todo y ante todo, pensaré en lo que he ganado en salud.
No cometeré el error de otras veces, no voy a aplicar ese pensamiento tan socorrido que me ha llevado otras veces a volver a fumar con todas las de la ley y que se podría resumir con la expresión “de perdidos al río”.
No consideraré que total, ya que se ha abierto la veda, hay carta blanca hasta volver a mentalizarme de nuevo para volver a tener fuerzas suficientes para dejarlo otra vez más.
No convertiré un cigarrillo o cuatro en una llave que abra la puerta por la que vuelvan a entrar veinte cigarrillos diarios, ese cigarrillo será un error, nunca una coartada para engañarme a mí mismo.
Reseteo y reinicio del camino que lleva a dejar de fumar de la manera más rápida, que no es otro que no fumando. Así de fácil y así de difícil, no hay mucho más que plantearse.
En realidad, “saber cual es el camino” no sirve de mucho, lo importante es recorrerlo, hacer de él una vía unidireccional y procurar no dar nunca un paso atrás.
Plantearse que dejar de fumar es fácil es el inicio de un fracaso bastante probable pues… ¿por qué voy a dejar de fumar ahora que me apetece tanto si puedo dejarlo fácilmente más tarde? Total, si está chupado dejarlo.


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