Hoy he formalizado mi inscripción para la media maratón que tendrá lugar dentro de unos quince días, todo este tiempo voy a dedicarlo, en la medida de lo posible, a la preparación de la carrera. Tendré que asesorarme acerca de la mejor manera de hacerlo con alguien que sea ya experto en estas lides.
El caso es que por el módico precio de doce euros me han dado una camiseta-recordatorio del evento, un par de botellas de buen vino de la tierra con un volumen de medio litro cada una, y el dorsal que tendré que lucir a lo largo de todo el recorrido.
Llevo unas dos semanas sin escribir y sin apenas tomar las pastillas, lo bueno es que sigo sin fumar, no sé hasta que punto tiene sentido que siga adelante con la ingesta de los fármacos por que ya no los considero necesarios. Creo que voy a prescindir de ellos ya.
La pasada semana atravesé de manera consecutiva varios trances de esos que hacen que uno vuelva a fumar, logré superarlos sin grandes dificultades.
Lo que hace tan sólo un mes me habría provocado una sensación de euforia por haber superado una serie de situaciones comprometidas sin la compañía del tabaco, es hoy algo normal, no tengo la tentación de colocarme medallas a mi mismo, es cómo si me dijese: “No he fumado a pesar de que todas las circunstancias eran proclives a que lo hiciese; … ¿y?”.
Cierto es que todavía no he sido expuesto a una situación de riesgo cinco, sigo respetando y temiendo tal tesitura, lo que pasa es que una circunstancia de ese calado es tan excepcional que puedo prevenirla con suficiente antelación y prepararme para afrontarla.
Ese prepararme para afrontarla, consiste en mentalizarme para tener claro en todo momento que lo principal es no fumar esas primeras caladas que llevan a volver a ser fumador activo. Plantearme de manera clara que si es necesario saldré huyendo, cual cobarde, por que lo peor que podría pasarme es volver a caer en la dependencia tabaquil.
Dos de las situaciones de riesgo a las que me he referido antes, que tuvieron lugar la semana pasada, fueron sendas comidas de marcado carácter social.
Una de ellas fue compartida con el resto de componentes de un tribunal de oposición del que formo parte, tuvo lugar el día del examen momentos antes de la celebración del mismo, es decir, el día de más nervios tanto para los componentes del tribunal como para los opositores.
Tras meterme entre pecho y espalda un suculento chuletón, regado convenientemente con vino de la tierra, me sobrevinieron ganas de fumar de una intensidad que podría describirse como mediana.
Me apresuré a rechazar el primer cigarrillo que me fue ofrecido señalando al resto de comensales que había dejado de fumar y que llevaba dos meses en ello.
El decirlo creo que fue un gesto deliberado de autoafirmación y de compromiso ante los demás, lo de la autoafirmación está claro, en cuanto al “compromiso ante los demás”, digamos que me puse a mí mismo en la tesitura de hacer el ridículo ante ellos si, de repente, y tras alardear de mis dos meses y pico sin fumar, se me ocurría encenderme un cigarrillo.
Fue una sutil maniobra preventiva de autodefensa que quizá no era necesaria.
La otra situación de riesgo fue una comunión de esas que, tras el oficio religioso, se obsequia al invitado con un suculento banquete, más propio de una boda.
Todo fue como la seda hasta que terminó la comida propiamente dicha y llegaron los cafés.
La niña homenajeada, Ana, recorrió la enorme mesa repartiendo recuerdos del evento a los invitados.
Si la persona era del sexo femenino recibía un bonito marco metálico con la foto de la protagonista embutida en el pomposo traje preparado para la ocasión y en actitud orante, o sea, con cara de no haber roto un plato en su vida.
Si la persona era del sexo masculino, era obsequiado con un puro de esos que uno se enciende al ir al fútbol para que le duren medio partido.
En esta ocasión no rechacé el tabaco ya que, en el fondo, importa un bledo si uno fuma o no, es un recordatorio de tan señalado día que se acepta y punto.
He de reconocer que tenerlo dentro del bolsillo de la camisa y pegado al pecho, no ejerció sobre mí un efecto positivo, aunque en cuanto me llegó el olor de las primeras bocanadas exhaladas por los machotes ibéricos que me rodeaban fui absolutamente consciente de que no iba a meterme esa asquerosidad en los pulmones.
El olor me resulto verdaderamente pestilente, esa fue la medida disuasoria puntual, la toma de contacto con una pequeña muestra.
A partir de ahora vienen un par de semanas previsiblemente tranquilas seguidas de otras dos semanas en las que voy a disfrutar de unas merecidas vacaciones.
El objetivo principal, aparte de no fumar, es preparar bien la media maratón para poder terminarla.
Hay otro momento en el que me he visto tentado por el tabaco, hemos tenido mi mujer y yo una cita con el ecografista en la que, como ya estaba previsto, se nos ha indicado el sexo de nuestro próximo retoño.
La situación conlleva ansiedad, intriga y dolor de barriga (como diría no se qué humorista); el resultado: va a ser niña.
El estado de la criatura es perfecto, el de la madre también, y a mi hijo ya le han dado el alta de su varicela, todo marcha sobre ruedas.
Aquí estoy de nuevo, cada vez los espacios de tiempo que pasan entre escrito y escrito son mayores, supongo que es por que cada vez tengo menos novedades que contar.
No siento actualmente necesidad alguna de fumar, en aisladas ocasiones aparece cierta sensación de deseo hacia el tabaco, pero es más un recuerdo que auténticas ganas de fumar.
En todo caso, esa sensación, además de poco intensa es breve y desaparece rápidamente; mientras su lugar es ocupado por otra sensación mucho más intensa y duradera que se corresponde con el orgullo y la satisfacción de haber dejado de fumar.
Llevo camino de los tres meses sin tabaco, cuando veo que alguien fuma o cuando veo un paquete de tabaco, tengo la extraña sensación de que me cuesta entender cómo ha llegado a ser algo tan importante en mi vida durante tantos años.
Es como si viese mi faceta de fumador como algo muy lejano en el tiempo, ahora y no antes es cuando empiezo a creer en la posibilidad, hasta ahora inimaginable para mí, de llegar a convertirme en un ex–fumador.
Pero no quiero caer en el triunfalismo, conozco de sobra la habilidad que es capaz de desarrollar esa parte de mi cerebro que quiere que vuelva a fumar, sé que durante mucho tiempo va a seguir intentando engañarme y no debo abandonar el estado de alerta.
Había dejado una reflexión para el final, no sé muy bien si por miedo a planteármela o por el deseo de poder abordarla desde una perspectiva mejor formada.
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