Domingo 02-03-2008, día 1 de mi era postabaquiana.
Por fin llegó el día, por fin llegó otra vez, he pasado unas cuantas jornadas sin escribir ya que no he dispuesto de tiempo material para ello debido a unos problemas de índole personal, pero la cita de hoy con mi “diario” era totalmente ineludible.
Me he fumado el último cigarro de mi vida poco antes de la medianoche, lo he hecho de manera totalmente clandestina (lo cual hace que un cigarro parezca apetecer mas), lo he hecho en el hospital donde trabajo, en un cuartucho de esos que están semiolvidados por todo el mundo excepto por los fumadores que hacen de ellos su templo.
Resulta curioso cómo ante una prohibición tan tajante y clara como la de no fumar en ningún edificio público y siendo un hospital el edificio público menos indicado para fumar, el tabaco termina abriéndose paso hasta tal punto que, por parte de los responsables de impedir que se fume (sean quienes sean) se acaba por hacer la vista gorda al hacerse imposible sancionar todo lo que sería sancionable.
De los cientos de infracciones que se cometen a diario en mi centro hospitalario contra la llamada ley anti-tabaco ninguna ha tenido consecuencia alguna. De hecho, en cada planta, en cada servicio, tanto el personal trabajador del hospital como los pacientes han terminado por encontrar un sitio donde fumar de una manera más o menos discreta (más menos que más, muchas veces), como para quedar amparados por la manga ancha que existe al respecto.
Conste que un servidor no está de acuerdo con la severidad de la mencionada ley anti-tabaco y considera injusto que el Estado promueva medidas tan agresivas contra el fumador cuando ese mismo Estado lleva años dejando que se promocione el tabaco y obteniendo sumas enormes de dinero con los impuestos con que grava al producto.
Una interpretación, que no sé si será cierta o no, aunque sí que es maliciosa, sobre este cambio de actitud es que el gasto sanitario se ha incrementado ya que las altas tecnologías pueden tratar hoy en día casos que anteriormente se consideraban incurables y que el coste de estos tratamientos ha superado el beneficio que se obtiene con los impuestos derivados del tabaco.
Insisto, no sé si esta teoría será o no cierta por que no dispongo de los datos, ahora bien, por lógica parece tener una lógica aplastante.
Llevo una semana “de adaptación” tomando unas pastillas que, según me explicó Cristina (ya explicaré quién es Cristina), actúan sobre las neuronas directamente dando sensación de saturación a la parte de las mismas que hace que te apetezca fumar.
Si el método es así puede resultar de gran ayuda para arrancar, como yo me temía y Cristina me confirmó en nuestra última entrevista, el tratamiento de pastillas no va a ser una solución mágica, así que tras haber arrancado tendré que hacer yo el esfuerzo para volar.
En el hecho de fumar hay un factor psicológico que tal vez tenga que ver con el vaquero de Malboro, o con el tío duro que fuma en una película, o con ese intelectual que parece que piensa mucho mejor cuando inhala humo o con ese entrenador de fútbol que alivia el sufrimiento del banquillo con un cigarro, …, en definitiva, con una estética que se nos ha inculcado en la era del boom de las comunicaciones y que ha tenido un impacto tan profundo sobre nuestros maleables cerebros.
Tan profundo ha sido el impacto que el hecho de tener un cigarro entre las manos se ha convertido para nosotros, los pobres fumadores, en algo que es mas que necesario, es algo absolutamente imprescindible.
Se extrae de aquí, o por lo menos yo lo extraigo, un enorme contrasentido: resulta que algo que se supone lúdico, placentero y divertido deja de ser voluntario para pasar a ser inevitable, una conclusión totalmente absurda.
Volviendo al tema de las pastillas, he de decir que me han ocasionado algún efecto secundario, hacía algún tiempo que había dejado de tener ese estómago de acero que me había caracterizado durante mi infancia, adolescencia y juventud, pero de un tiempo a esta parte me he convertido en una persona propensa a las gastritis. Podría achacarlo a algún factor externo que diferencia las etapas antes mencionadas de la actual, pero no sé si el factor al que me refiero, o sea, mi hijo (que tiene dos años y me contagia todo lo que contrae en la guardería multiplicado por cien) es lo suficientemente consistente como para echarle la culpa.
Padecí además, hace muy poco tiempo, un proceso que me llevó al servicio de Urgencias que, según me explicó el médico que me atendió, era un principio de úlcera gástrica que sanaría fácilmente y seguramente no dejaría consecuencias. No puedo dejar de señalar lo mal que lo pasé, lo mal que me sentaban los cigarros en esos momentos y lo exactamente igual que me los fumaba.
El caso es que con las pastillas he tenido algún problema gástrico por encima de lo normal, éste problema es algo totalmente previsible ya que figura en el prospecto de la caja como un posible efecto secundario, quede claro que doy por bien empleados esos dolores y aquellos que puedan venir de ahora en adelante si a cambio de ello dejo de fumar.
Soy una persona con experiencia infinita en lo que respecta a dejar de fumar, conozco perfectamente el concepto de último cigarro por que los he tenido a decenas, hace dos días comenté a mi amigo Ramón que, de nuevo, iba a intentar dejar de fumar. Mi amigo Ramón me dijo que nos conocíamos desde hace ya bastantes años y que desde el primer día yo ya estaba hablando de intentar dejar de fumar.
La experiencia en sí del último cigarro, me hace sentir un poco ridículo, trato siempre de fumármelo concentrado en lo que estoy haciendo, consciente de que son mis últimas bocanadas de humo, viendo y sintiendo cómo, con el cigarro, se consume mi etapa como fumador; nunca lo consigo. Mi cerebro termina siempre por los cerros de Úbeda pensando en mis problemas laborales o en lo que tengo que hacer al día siguiente o en cualquier otra cosa.
Una vez llegué, incluso, a escribir en el mismo cigarrillo la palabra “ÚLTIMO” con rotulador negro para ver cómo se consumía letra por letra, aquella vez recuerdo que cómo símbolo de mayor reafirmación regalé mi mechero al compañero que trabajaba conmigo aquella tarde.
No habían pasado dos horas de aquello y ya estaba en mi casa con un paquete de tabaco y un mechero recién adquiridos en uno de los bares de mi barrio.
Otra vez tiré al agua uno por uno todos los cigarrillos que me quedaban en el paquete, que vendrían a ser siete u ocho, como gesto para reafirmarme en la cruzada de liberación que había emprendido para expulsar al sucio tabaco de mi cuerpo. No dejé pasar el primer estanco que se cruzó en mi camino sin comprarme un nuevo paquete, afortunadamente aquella vez conservé el mechero.
Podría contar muchas anécdotas tan ridículas o más que éstas, de momento voy a dejarlo.
Dentro de unos días vuelvo a tener una entrevista con Cristina, que es la psicóloga de la unidad anti-tabaco del Servicio de Salud de mi comunidad, la verdad es que me siento un poco responsable ante ella y no quiero decepcionarla. Soy plenamente consciente de que lo que acabo de decir es una tremenda estupidez, mi responsabilidad se dirige, principalmente hacia mí mismo, hacia mi mujer y hacia mi hijo, pero no creo que sea malo que me motive el hecho de que, para la persona concreta que me va a ayudar en todo esto y con quien voy a hablar de ello, mi caso suponga un triunfo.
Sea estúpido o no, es un factor, uno más, que se suma a los muchos que tiran de la cuerda en la dirección del “no fumes” y lo valoro, por tanto, positivamente.
En ningún caso le considero como alguien que me controla por que esa función recae en exclusiva sobre mí mismo y por que si así fuese correríamos el peligro de que se convirtiese en alguien inquisidor o fiscalizador, creo que Cristina es alguien que me va a ayudar y pienso que su ayuda me va a resultar un gran apoyo.
Me ha costado mucho llegar a pedir ayuda para dejar el hábito, siempre me imaginé, sin fundamento alguno, que el tratamiento consistiría en reuniones parecidas a las de los alcohólicos anónimos de las películas norteamericanas en las que sale uno diciendo:
-“Hola, me llamo Sam y soy alcohólico”
A lo que responden todos a coro como auténticos autómatas desposeídos de toda personalidad.
-“Hola Sam”
Acto seguido, comienzan uno tras otro a relatar historias de miserias lamentables del tipo:
-“Perdí todo mi dinero, mi mujer me abandonó huyendo con mi mejor amigo y me echaron del trabajo sin indemnización alguna, pero ahora estoy bien”.
A veces nos hacemos ideas equivocadas de las cosas por prejuzgar sin tener base alguna.
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1 comentario:
Interesante.
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