Vuelvo ahora del partido/prueba de fuego que había anunciado con anterioridad, tengo que decir que lo he pasado fatal, pero ha sido por el partido en sí, mi equipo ha quedado eliminado de la competición y la tensión ha durado lo que ha durado el partido.
No voy a negar que he sentido ganas de fumar en varias ocasiones, pero mi gran triunfo ha consistido en que el “protagonista de la noche” ha sido el mismo partido y no la ausencia de tabaco.
Otras veinticuatro horas que significan una nueva victoria parcial, mañana volveré a conseguirlo, suma y sigue…
Veinticuatro horas más, la verdad es que empieza a ser un poco repetitivo este inicio, ya tengo ganas de cambiar a “una semana más”, hoy ha sido un día muy tranquilo en lo que respecta a tentaciones tabaquianas.
Tengo que esforzarme para recordarlas, … mmm …, recuerdo un par de ellas a media tarde, han sido de esas que recorren tu cerebro durante apenas un segundo y se esfuman como el humo, apenas me he acordado del tabaco hasta que me he puesto a escribir de nuevo.
Tras la ingesta de la pastilla vespertina he notado mi sistema digestivo mas revuelto de lo normal, no he llegado a experimentar dolor, en fin, nada que un tío que ha hecho cuatro meses de mili no pueda aguantar.
Ya que perdí, sin posibilidad de recuperarlo, lo que había escrito la semana de preparación, que no era poco, voy a volver un poco sobre ella, la dosis de pastillas durante ese periodo era mas suave que ahora, las tomé todas puntualmente y me dediqué a fumar como un auténtico cosaco.
Es de suponer que, en el fondo de mi ser, buscaba la saturación de mi cuerpo serrano a base de humo para que la despedida del gaseoso elemento fuese más fácil, para despedirlo con un “vete a la porra que estoy hasta los bemoles de ti”. Tengo que decir que alcancé cierto éxito ya que el último cigarro fue de lo más repugnante que he fumado en mi vida, y ¡mira que he fumado repugnancias de todo tipo!.
No tengo muy claro si esta estrategia es apropiada o no, supongo que, como todas las estrategias, es buena o mala en función del resultado final, quizás ni siquiera influya sobre el resultado final, con lo cual habría hecho el primo de mala manera. De cualquier forma, lo hecho, hecho está.
Dada la abultada cantidad de intentos, fallidos por supuesto, que he experimentado para conseguir deshabituarme, he buscado establecer diferencias con respecto a los anteriores para tener alguna posibilidad de éxito.
En lo que respecta al periodo de preparación, que siempre lo ha habido de una u otra manera, he optado por que mi mentalización durante esa semana haya sido lo menos intensa posible. No he empleado casi nada de tiempo en convencerme a mí mismo de lo que iba a hacer, en otras ocasiones iba con el cerebro machacado, tal vez demasiado.
Como fumador, era absolutamente dependiente, lo de encender un cigarrillo para tragar y expulsar humo se convirtió en un acto tan mecánico que muchas veces, demasiadas, me encontraba con un cigarrillo encendido en mi hocico sin apenas saber cómo demonios había llegado hasta allí ni cómo había comenzado la combustión del inflamable elemento.
El trabajo, la mayoría del tiempo, era una carrera sin sentido con objeto de adelantar labor y conseguir así algo de tiempo para salir a fumarme un cigarrillo a toda prisa, aún siendo consciente de que ese cigarrillo a toda prisa es el cigarrillo más asqueroso que te puedes fumar.
Acto seguido volvía al trabajo con los mismos apremios que antes de fumar para conseguir así el mismo dudoso premio que acabo de describir, con la perspectiva que dan unos días de abstinencia resulta ridícula la referida actitud aunque, por lo visto, yo debía de considerarla muy normal ya que la repetía a diario y sin dudar.
El motivo por el que me fumaba esos cigarrillos era por que mi cerebro me decía: “fuma ahora, tontorrón, que igual luego no puedes; y si luego puedes, que te quiten lo bailao”, FALSO, siempre había momentos para fumar, bien por que la actividad se detuviese o ralentizase, bien por que llegase la sagrada hora del café o bien por que algún alma caritativa se dejaba engañar y me sustituía esos minutos.
Al final de la jornada laboral terminaba siempre con un montón más de cigarrillos en mi haber de los que deberían haber sido y con el cuerpo hecho un asco.
Otro ejemplo que serviría perfectamente para ilustrar lo robusto de mi adicción es una imagen que, a buen seguro, conservan en sus retinas todos mis amigos de mí, por que la han visto en multitud de ocasiones y les ha causado gran cantidad de risas.
De noche, cuando salíamos de bares, la ingente ingesta de alcohol a la que sometíamos a nuestros hígados provocaba que el consumo de tabaco se disparase de manera desorbitada, entonces un servidor, tras haber llegado al punto de saciedad tabaquil, se encendía un cigarrillo y para la primera calada le sobrevenía una serie de feroces arcadas.
Lo peor, y ahí es donde creo yo que se provocaba lo irrisorio, es que tras las náuseas no llegaba a espabilar del todo, ya que, como si me hubiese gustado, no tardaba en repetir la operación sin que mi cuerpo hubiese vuelto a su ser y consciente de que la aparición de las arcadas se iba a producir de manera segura, todo ello para regocijo de mis amigos que me observaban como diciendo “este es gilipollas”, y ciertamente lo era y mucho.
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