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Primero fumador, luego ex-fumador, finalmente (espero) no-fumador.

lunes, 18 de noviembre de 2013

SOBRE CÓMO EMPECÉ A FUMAR Y LO QUE ES PEOR; SOBRE CÓMO CONTINUÉ

No tengo un recuerdo muy claro de cómo fue mi primer cigarro, lo que sí sé es que estuve fumando en la clandestinidad durante bastantes años hasta atravesar la mágica barrera de los dieciocho años que parece que te abre las puertas a todo.




Sí tengo clara una imagen mía a los catorce junto a muchos compañeros de clase de lo que se llamaba octavo de Educación General Básica fumando a la entrada de un garaje cercano al colegio donde estudiábamos. Fumábamos el tabaco que hubiese, había una marca que a mí me daba bastante dolor de cabeza, y siempre había una cabecita asomándose a la calle por si algún profesor o cualquier persona, que pudiese resultar incómoda en esos momentos, se acercaba. Nuestro sofisticado sistema de vigilancia falló en más de una ocasión dejando al descubierto para el que nos pillaba una ridícula escena en la que un montón de niños trataban de ocultar una evidencia que saltaba a la vista. A pesar de ser pescados “in fraganti” en varias ocasiones, no recuerdo yo que ello acarrease consecuencias tales como ir con el cuento a los progenitores, eran otros tiempos. Tiempos en los que en una tienda de golosinas, la que estaba en frente de mi colegio sin ir más lejos, te vendían cigarrillos sueltos a un módico precio, algo que hoy resultaría inconcebible.



De esa misma época tengo alguna que otra imagen de los amigos del pueblo fumando en el chamizo o en alguna era lo suficientemente discreta como para no ser avistados. En el pueblo era más sencillo delinquir sin peligro.



Mi siguiente etapa como fumador fue la de la edad del pavo, que, en mi caso, es la que va de los quince a los diecisiete años, en esta fase pasé a otro centro educativo para cursar lo que antaño se llamaba B.U.P., o sea, Bachillerato Unificado Polivalente. El cambio de un centro a otro fue para mí brutal, ya que pasé de un colegio exclusivamente masculino a otro mixto, ésto influyó en mi comportamiento en buena medida, digamos que aceleró el paso de niño a adolescente.



En lo relativo a fumar, que es lo que aquí importa, se produjo una especie de liberación, en el patio del centro se podía fumar sin que nadie te dijese nada, nadie excepto el típico gorrón que venía un día tras otro a pedirte tabaco, parece ser que en este aspecto éramos considerados como personas adultas. En el ámbito familiar se produjo en esta época una especie de relajación que no llegaba a ser tampoco una carta blanca, digamos simplemente que la persecución se relajó. Como ya he dicho en esta etapa pasé de ser un niño a ser un adolescente, cuando era niño, era niño y punto, no creo que tratase de fumar por el hecho de parecer mayor, o, por lo menos no creo que fuese este el motivo principal simplemente fumaba por que el resto de mis compañeros, o muchos de ellos fumaban.



A partir de los quince años fumaba por que ya había caído plenamente dentro de la red publicitaria o propagandística que los empresarios tabaqueros habían tendido para tal fin y supongo que quería identificarme con esa imagen que ellos proponían para mí.



Hacia la mitad o el final del primer año de B.U.P. pudo ser el momento en el que me vinculé con todas las consecuencias al vicio. Hacia la mitad de éste periodo, o sea, en segundo de B.U.P. apareció ante mí el mundo de los porros, ya había probado alguno anteriormente pero siempre por mediación de otros, a partir de ese momento comencé a entrar de manera lenta pero segura por esa puerta.



Mas tarde llegó la etapa de la juventud, digamos que va desde los dieciocho hasta los treinta y uno, del sitio donde había cursado el Bachillerato exitosamente pasé a un centro para cursar dos años de Formación Profesional.




Terminaron siendo cinco y, aún así, no logré llevarme titulación alguna bajo el brazo. Lo de “no logré” es una forma de decirlo ya que, siendo fieles a la verdad, tengo que decir que ni siquiera lo intenté, pasé cinco años sin pensar en otra cosa que en fumar (tabaco sólo y torrefacto), en beber y en salir de juerga con mis amiguetes.



Además disponía de dinero para todo ello, ya que trabajaba en una fábrica los fines de semana y de lo que me pagaban entregaba en casa la módica cantidad de cero ptas., que al cambio son cero €.



Gracias a la insistencia de mis padres retomé los estudios por una rama que me resultaba mucho más estimulante y salí fuera de mi ciudad a cursar dos años. El resultado académico fue satisfactorio y hoy en día trabajo en lo que trabajo gracias a ello.



Tras eso vino el servicio militar en el que únicamente, y a Dios gracias, permanecí cuatro meses y un posterior divagar por diferentes trabajos a cual peor.



En esta fase mi condición de fumador está más que asentada, se establecen unos niveles de consumo que me han acompañado hasta el domingo pasado y se asienta definitivamente en mi dieta el consumo masivo y muchas veces descontrolado de cannabis.



Hacia los treinta y uno se produce un asentamiento en mi vida, el chico conoce a la chica, se lían en San Fermín y son novios durante un tiempo, se casan y tienen el primer retoño. En lo referente al tabaco, esta época (que dura hasta el pasado domingo) es, como ya he dicho de unos niveles altos y mantenidos, hago otras cosas pero fumo igual.



El tema de los porros comienza a caer por sí sólo, digamos que se cae de maduro hasta llegar a un punto en el que ya no son necesarios ni tan siquiera apetecibles. Esta paulatina disminución llega a su punto cero sobre los treinta y seis años y en ningún momento puede considerarse como deliberada, es algo netamente natural.

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